jueves, 18 de febrero de 2010

Una de alpinismo

Después de todo el esfuerzo, me vi obligado a quedarme en Valencia y posponer el viaje al Honbu Dojo. Aunque me molesta profundamente, intento ver el lado bueno y leer el mensaje del cuerpo como una llamada a bajar el ritmo, los dos días en cama me han permitido descansar, y ayer retomaba el entrenamiento y las clases perfectamente recuperado.

Propio de sus movimientos cíclicos, la vida pasa de poner cien obstáculos en un minuto, a ofrecer un placentero camino, y así, esta semana se inicia completamente diferente a la última y con muy buenas noticias. Como siempre, primero finalizar y dejar todo claro y luego contarlo, más información muy pronto.

Estos días, hacía recuento de las muchas conversaciones que voy teniendo en el tiempo con diferentes amigos y practicantes de un estilo u otro. Al final, su interés acaba centrándose siempre en unos cuantos asuntos que, aunque seguramente son solo la imagen externa y distorsionada de nuestro estilo, suelen acaparar la principal atención.

En la mayoría de los casos, y tras ver en primera persona algunos de estos aspectos, interviene el instinto natural en primer lugar, y posteriormente el aprendizaje social, así como la interacción y búsqueda de respuestas en otros, que nos llevan a mi parecer a un exceso de autoprotección, física y psicológica.

Discrepo completamente, como en muchos otros aspectos de la vida, con la mayoría de mis contertulios, ya digo que generalmente amigos que conservo del camino, y con los cuales el respeto mutuo está fundamentado en el sudor conjunto, en muchas ocasiones, y esto hace años, como rivales en el tapiz.

Tengo la fea costumbre de no creerme como un borrego lo que “dice la masa”, y más cuando lo que se habla es de oídas pero transmitido en primera persona. Demasiadas cosas protegen hoy en día a los farsantes y vendedores de humo, y pienso que en otra época la mentira en las artes marciales tenía las patas más cortas que hoy.

Intentó que mi querido y muy humilde Dojo, no sucumba a estas cosas, y esta es la principal razón por la que nuestra puerta siempre ha estado abierta a los practicantes de Shito-ryu, Kyokushinkai, o Shotokan que han tenido la cortesía de visitarnos. No hay nada más transparente en las artes marciales que el entrenamiento conjunto, en el Karate de verdad cada uno sabe quien es. Aquí pasa como en las calles, que hay poco sitio para esconderse, y siendo un poco observador hasta la mirada te delata.

Pensaba no hace mucho, como he dicho antes, en la comparación que algún maestro hacía entre el Karate y una montaña que escalar, en la que nunca se llegaba a la cima. Yo también pienso que el Karate es como una montaña, y que muchos saben lo que hay en las grandes alturas, porque ven como escalan otros. Pero es el instinto de autodefensa y lo que dice la masa, lo que hace más fácil continuar muchos años, practicando senderismo en bajas altitudes. Es más fácil pasear por los caminos viendo las flores que crecen a mil metros y comentar que arriba hace mucho frío, que las rodillas del alpinista de élite quedarán mermadas, y que es posible que pierda alguna falange, o que tenga otros daños irreparables en su salud.

Entiendo esta posición porque la considero natural, pero yo hace años que decidí subir hasta donde me sea posible, que no hago caso de los médicos que desaconsejan el deporte al mínimo dolor mientras se fuman un cigarrillo, que me gusta que me duela el cuerpo porque me hace sentir vivo, y que si tengo la oportunidad de un último deseo no me importaría morir a ocho mil metros, pero que sería incluso mejor morir simplemente escalando.

Repito que otras posiciones me parecen muy respetables, ... todas menos la de aquellos que hablan como si hubieran estado allá donde decía Lopsang Rampa que vivía el Yeti, cuando ni siquiera han salido nunca a pasear por el campo. Y vuelvo a lo de antes, practicamos Karate, y en este mundo como en otros campos, al final nos conocemos todos. Multitud de actos y hechos escriben nuestra historia como la de un libro.